
La derrota siempre nos habita. Se emparenta con la seguridad de la muerte. La derrota nos cultiva el destino. Sus manotazos dependen de las variadas circunstancias en las que los alimentamos. Es tan fácil, a veces, atraer la derrota. Rara vez da plenitud. Nos hace infelices, nos abulta el callo de la resignación. Nos socializa ríspidamente o bien nos encierra para regodearse en su poder. Es nítida como inexplicable. Algunos intentamos aprender con ella para no hundirnos. A otros los ahoga poco a poco o de manera brutal. Cuando entra para fijar la competencia entre las personas, adopta una crueldad aún en el empuje del que, al vencerla gana, por un tiempo, el paraíso.
En el juego con apuesta es arrolladora. Robustece la estadística de la pérdida más que de la ganancia. Hace días con mi entrañable Renata Chapa que vive en Torreón, escritora e investigadora, visitamos un casino en el vecino Gómez Palacio. Pequeño y sórdido. Tras el registro con la credencial del INE, nos entregaron a cada uno una tarjeta con costo de 50 pesos cargada con 200 pesos de obsequio para iniciar la cruzada de la suerte en ciertas maquinitas digitales. Es decir, 150 pesos para presionar los botones de nuestras preferencias donde el monto lo permite. La suerte: esa enana extremidad del vivir.
Derrotado pierdo. Fue cuestión de minutos que se alargaron con las alegres pedagogías de quienes están ahí para enseñar a los primerizos. Sin duda hay ciencia en aprender avanzados en edad los renglones torcidos del alud de figuras y combinaciones de las maquinitas. Cauta, Renata se fue lenta. Si ser derrotado bajo advertencia es para citar el edén pasajero de la felicidad de la diversión sin duelo, adelante. Picarle una y otra vez, recuperar pesos para perderlos milésimas de segundos después. Listo: quizá fueron ocho minutos en tiempo efectivo. Tarjeta vacía. Renata dejó en la suya tres pesos y sesenta y cinco centavos.
Vamos a las mesas del primer piso, Renata. Ándale pues, mi Ed. Apenas si caben unas cuantas dedicadas al blackjack y una a la ruleta. Rememoro que esos juegos, junto con el dominó y otros más con barajas, especialmente el póquer, fueron parte de mi niñez. En esos años algunas voces alertaron, mira, en esto de los juegos de mesa, es una suerte de calistenia para manejar la derrota. Has de la victoria un acto de modestia, no quieras triunfar en todo encuentro. Sé humilde, incluso déjate vencer si ayuda a los equilibrios entre los humanos. Ganar o perder: conoces entonces que las lágrimas son ambivalentes.
Arriba es otro registro, con una tarjeta con chip, que no tiene costo, a la que inyecto 300 pesos. Bonita la emoción de saber que seré derrotado por el casino. Vemos al crupier, un joven sonriente, con su uniforme entre negro y amarillo, a cuyo chaleco le urge una buena lavada. Me hago de mis fichas azules de cinco pesos cada una. ¡Jújule, qué importante apostador! Algo me acuerdo de las modalidades del juego. Con esas me voy, al fin seré derrotado. Renata opta por ser una observadora de unas palabras en el tablero. ¿Nombrar la primera, la segunda y la tercera docena de números tiene sexo en su abreviación? El crupier no entiende lo que Ren señala. Tampoco el auxiliar que nos mira con curiosidad. Yo menos, debo concentrarme en colocar la apuesta.

Heme aquí, derrota que me habitas. La misma pero diferente con que has colmado a millones de mexicanos ante la perpetrada por la tribu inglesa. Aplicas la receta en cada Mundial de fútbol. La ejerces como en otras tantas competencias, en los múltiples desafíos a que nos sometes. Reptas, atacas, pero tienes elegidos para sobrarlos de tus bienes. Ay, Canelo Álvarez. Ay, colección Gelman. ¿Hasta cuándo los soltarás? No soy de los elegidos, por eso me acabo los 300 pesos como siento fue liquidada la selección nacional, al igual que mis amores, mis espacios indispensables, mis anclajes.
Le pregunto a Renata si tiene a mano en su grandiosa biblioteca algunas referencias de escritores acerca de la derrota. Me mira, repasa y suelta como experta que es en el personaje: qué te parece tomarla de la canción del buki Marco Antonio Solís, “Acepto mi derrota”. La pone en el celular. Leo la letra al tiempo que escucho, después transcribo lo que me acomoda:
“Pero con todo y eso estoy tranquilo porque sé/Que amé tus cosas buenas y las malas perdoné/Hoy he caído pero mañana/Hasta la última letra de tu nombre olvidaré”.
“No niego es muy cierto que pequeño siempre fui/Para lo grande que tú siempre fuiste para mí/Si de tu boca salió dejarme/Acepto mi derrota, sé feliz”.
Pertenezco al coro de las derrotas.
