
Chaval inquieto, adolescente músico, melena, alto, delgado, barbado, ojos claros. Su fisonomía y temperamento lo hacía muy diferente a sus cuatro hermanos. La raíz Vázquez, de Michoacán, no la Cruz chiapaneca. En el amplio abanico familiar, conocido como El Oso. Mi hermano Fernando dejó a mis padres un recado en esos tiempos de juventud arrebatada. Voy a torear unos becerritos con unos amigos. No se preocupen, ya regresaré.
Además de la guitarra, la trompeta, el jazz, el rock y la música clásica, soñó con ser torero. Finalmente se dedicó a la docencia y a dar conciertos de guitarra. Su afición por la tauromaquia correspondía a su talante. Nadie en casa era afín, pero el tío Manuel, casado con Lola, una de las hermanas de mamá, era para Fernando un cómplice sensacional, como lo fue para mí en la historia de México. Cuando volvió de la aventura, como otras que supongo tuvo a escondidas, encontró a sus padres furiosos. La disciplina fue aplicada al veinteañero. Innecesariamente, sigo pensando.
No era bronca con la fiesta brava, era el temor de que, al ir por esa ruta, aunque fuera de aficionado, perdiera la vida. A diez años de su muerte, acaecida el 2 de septiembre de 2015 por cáncer, a la edad que ahora tengo, 64, sigo convencido de que hubiera sido un gran torero. Algunas veces fuimos a la Monumental. En esos años no había el juicio lapidario que hoy en día se vive en contra del ceremonial. Con los años gozó ver las transmisiones por televisión.
Por mi cuenta regresé en otras ocasiones, guiado por los conocimientos de amistades tan valiosas como la escritora Josefina Vicens, quien fue cronista taurina con el pseudónimo de “Pepe Faroles” en los años 40. Cito de memoria “el toreo es un evento metafísico, el torero tiene una condición de moribundo, el torero cita y despide a la muerte”. De otros más aprendí, como Rafael Ramírez Heredia e Ignacio Solares, ya fallecidos. Cito también a Alejandro Ordorica, con todo y puro, ya apartado de la plaza. Sigo a Paco Prieto, toda una autoridad en el asunto causante de tantas agresiones a quienes ponderan razones.

Muy pocos hombres optan por elegir la carrera de torero. Menos las mujeres. Es decir, lo que sabemos indica que es una expresión minoritaria, cada vez más y por ello, a pesar de ello, con derechos como otras manifestaciones que encierran lo que se le reprocha, la crueldad con los animales. La más ejemplar reside en algunos de los montones de ranchos cinegéticos. Basta una búsqueda en Google para darse cuenta de lo que este fenómeno, menos taquillero por ser de una poderosísima minoría casi a escondidas, encierra.
En 2017, al llevar a cabo una investigación sobre empresas culturales, topé con parte de sus entrañas. Son estratégicamente herméticos. En la clasificación de los sectores económicos que nos impuso Estados Unidos al negociar el TLCAN, esta actividad atañe al sector 11. Sin embargo, encontré que varios ranchos ofrecían servicios del sector 71 que concentra los de “esparcimiento culturales”, así como “deportivos y otros servicios recreativos” (de ahí la trascendencia de contar con la Cuenta Satélite de la Cultura del INEGI). A su vez, tocan aspectos del sector 72, del turismo y su propia Cuenta Satélite.
Ya habrá momento para vislumbrar algunos detalles de sus números, por cierto, muy alegres. Lo que por ahora importa señalar, en medio de la aprobación de una norma que hace inviable las corridas en la Ciudad de México, para, al fin, un día, borrarlas del panorama nacional, es que algunos de los ranchos destacan por una peculiaridad. Dedican parte de su negocio a la reproducción de especies para poder ofertarlas a cazadores.
Si para la gente la lidia es de ricos, la cacería lo es más. Si en las gradas de la Monumental se ven políticos, personajes de la farándula, intelectuales y destacados deportistas, en los ranchos también. Sólo mujeres y hombres con mucho dinero pueden hacerse parte de un círculo de privilegiados que pagan miles de pesos por caminar las extensísimas tierras cercadas para tal finalidad, la de matar por lo que pagaron y que, inalterable de los neoliberales a la 4T, se clasifica como “caza deportiva”. Pueden ser desde pichones hasta venados. (Y eso que no nos metemos en los dominios del mar y en el tráfico de especies).
Estamos ante rasgos culturales como económicos, como tantos otros donde va de por medio la flora y la fauna, los cuales esperan que la autoridad sea consecuente. Ello es imposible cuando de acrecentar la popularidad gobernante se obtiene a punta de manipular los telones de la formación cultural de una sociedad.
